El aparente rescate de Petróleos Mexicanos (Pemex) por parte de Grupo Carso, propiedad del empresario Carlos Slim, no ha frenado el deterioro financiero de la petrolera estatal. Aunque la inversión de cinco mil millones de dólares se presenta como una apuesta estratégica para explotar campos petroleros, la realidad es que Pemex sigue acumulando deudas millonarias con sus contratistas nacionales e internacionales.
La operación fue anunciada con bombo y platillo como parte de una nueva etapa en la alianza entre el gobierno y el sector privado. Grupo Carso adquirió el 100% de la participación de Talos Energy en el consorcio que explota el yacimiento Zama, uno de los descubrimientos más importantes de petróleo en aguas someras del Golfo de México. Con esto, Slim se consolida como actor clave en la operación del campo compartido con Pemex.
Pero mientras eso ocurre, decenas de empresas contratistas esperan pagos por obras y servicios ya entregados. Tan solo en 2024, Pemex ha reconocido pasivos por más de 120 mil millones de pesos con proveedores, una cifra que continúa creciendo y afecta directamente a compañías mexicanas, muchas de ellas pequeñas y medianas, que enfrentan crisis de liquidez o incluso han cerrado operaciones.
La petrolera más endeudada del mundo
Según cifras de Bloomberg, Pemex sigue siendo la petrolera más endeudada del mundo, con pasivos financieros que superan los 106 mil millones de dólares. Pese a los apoyos fiscales del gobierno federal y los rescates financieros directos, la empresa no logra revertir la caída en su producción ni estabilizar sus finanzas. La llegada de capital privado no ha sido suficiente para detener la sangría.
La apuesta del presidente López Obrador por fortalecer a Pemex se ha sostenido con subsidios y condonaciones fiscales, pero los resultados siguen sin llegar. La producción diaria de crudo está por debajo de los 1.6 millones de barriles, lejos de las metas planteadas al inicio del sexenio. Además, la petrolera arrastra una carga laboral insostenible y una red de corrupción que no ha sido erradicada.
En este contexto, la entrada de Slim genera dudas más que certezas. Si bien se trata del empresario más influyente de México, su inversión se dirige a un campo rentable con socios internacionales, no al rescate estructural de la empresa pública ni al pago de sus obligaciones más urgentes.
Contratistas al borde del colapso
Empresarios del sector energético han denunciado públicamente los retrasos en pagos y la falta de interlocución con altos mandos de Pemex. Algunas empresas aseguran que los adeudos se remontan a 2022 y que, pese a múltiples reuniones, no hay compromisos concretos para saldar las cuentas. En paralelo, la Secretaría de Hacienda ha optado por minimizar el problema, enfocándose en los indicadores macroeconómicos.
Mientras Slim avanza con una inversión dirigida y segura, miles de empleos en la cadena de proveedores siguen en riesgo. La descoordinación institucional y la opacidad financiera han convertido la relación con Pemex en una trampa para los contratistas.
Aunque la narrativa oficial insiste en la recuperación energética nacional, los datos muestran una empresa cada vez más endeudada, más dependiente del capital privado y menos comprometida con sus obligaciones. La presencia de Slim, lejos de ser un salvavidas colectivo, podría convertirse en una señal de que Pemex avanza hacia una privatización de facto, dejando atrás a los proveedores que apostaron por ella.
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