Termina la carrera y, aunque muchos no lo notan, los pilotos de Fórmula 1 no se dirigen primero al podio ni a las entrevistas. Antes de cualquier celebración, hay una parada obligatoria: la balanza. Esta práctica no es un simple formalismo, sino una exigencia clave del reglamento técnico de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), que regula al milímetro cada aspecto de la categoría.
Al finalizar cada Gran Premio, los 20 pilotos deben pesarse con todo el equipamiento puesto: casco, traje ignífugo, guantes, botas y el sistema HANS. Esta medida garantiza que el peso registrado sea exacto y conforme al reglamento, que desde 2019 establece que el piloto debe pesar al menos 80 kilogramos incluyendo el equipo. Si no se alcanza este umbral, el equipo está obligado a agregar lastre al monoplaza para compensar.
En la temporada 2025, el peso mínimo total del coche con el piloto es de 798 kilogramos. Para 2026, esta cifra se ajustará: el coche deberá pesar al menos 768 kilogramos y el piloto, 82 kilogramos. Esta precisión en el peso no solo asegura la equidad en la competencia, sino que también protege la salud de los corredores.
Mucho más que un número en la báscula
Una vez realizado el pesaje, la FIA entrega a cada piloto un pequeño comprobante en papel donde se detalla el peso exacto con decimales. Aunque parece un recibo trivial, este documento puede ser clave. Permite a los equipos impugnar la medición si creen que hubo un error y también sirve al equipo médico del piloto, especialmente al fisioterapeuta que no suele estar presente en ese momento.
Los datos del comprobante permiten ajustar planes de rehidratación y alimentación tras la carrera, en la que los pilotos pueden perder entre dos y tres kilogramos, especialmente en condiciones extremas como en el Gran Premio de Qatar. Allí, las altas temperaturas provocaron una de las escenas más duras de los últimos años: Esteban Ocon vomitó dentro de su casco y, a pesar de ello, terminó la carrera en séptimo lugar. Fernando Alonso se quejó de que su asiento «ardía», mientras que Verstappen y Piastri finalizaron visiblemente extenuados.
El cuerpo al límite: entrenamiento extremo y preparación física
El cuerpo de un piloto de F1 soporta condiciones extremas. Durante una carrera, pueden experimentar fuerzas G de hasta 5g o más, lo que implica una presión cinco veces superior a la gravedad terrestre. Esto afecta principalmente el cuello y el torso, zonas que deben estar muy fortalecidas.
Un ejemplo claro se dio en 2020, durante los entrenamientos libres del Gran Premio de la Toscana. En ese evento, Lewis Hamilton soportó 4.9G en la curva 6 y hasta 5.6G en la curva 7 del circuito de Mugello. Por ello, los pilotos siguen rutinas exigentes de entrenamiento que combinan resistencia, fuerza, flexibilidad, coordinación y tiempo de reacción.
Uno de los ejercicios más representativos fue compartido por la cuenta oficial de Fórmula 1, donde se ve a Alexander Albon trabajando con poleas de hasta 80 kilogramos para fortalecer el cuello. Esta área es especialmente vulnerable ante la carga generada por las fuerzas G.
La preparación cardiovascular también es clave. Durante un Gran Premio, el ritmo cardiaco de los pilotos puede alcanzar entre 170 y 180 latidos por minuto, cifras propias de atletas de elite. Esta capacidad física es esencial para mantener la concentración, la resistencia y la agudeza mental durante pruebas que pueden durar hasta dos horas.
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