El 2025 dejó un balance contrastante para la Selección Mexicana de Futbol, un año marcado por el regreso de Javier Aguirre al banquillo y por resultados que reforzaron el dominio regional, pero también expusieron limitaciones frente a selecciones de mayor jerarquía internacional. Bajo la conducción del llamado “Vasco”, quien asumió el cargo el 1 de agosto de 2024 en su tercera etapa al frente del Tri, el equipo nacional combinó éxitos oficiales con una preocupante falta de victorias en partidos amistosos fuera del ámbito de Concacaf.
Durante el año, México disputó 16 encuentros oficiales y amistosos, con un saldo que, aunque positivo en trofeos, dejó preguntas abiertas sobre el verdadero nivel competitivo del equipo rumbo a la Copa del Mundo de 2026. La narrativa fue clara: solidez en torneos regionales y fragilidad cuando el nivel del rival se elevó.
Las victorias obtenidas en competencias oficiales brindaron confianza al grupo y estabilidad al proyecto de Aguirre. Sin embargo, los resultados adversos frente a selecciones sudamericanas, europeas y asiáticas evidenciaron que el proceso aún no alcanza la consistencia que se espera de un anfitrión mundialista.
Dominio regional y títulos que sostuvieron el proyecto
El punto más alto del año llegó en marzo, cuando la Selección Mexicana se proclamó campeona de la Concacaf Nations League tras vencer a Panamá en la final. El título representó un impulso inmediato para el nuevo proceso, al tratarse de un torneo corto, de eliminación directa y con alta presión competitiva. Para Aguirre, significó una validación temprana de su manejo del grupo y de su lectura de partidos cerrados.
Meses más tarde, el Tri confirmó su hegemonía en la región al conquistar la Copa Oro 2025. El camino incluyó triunfos ante República Dominicana y Surinam en la fase inicial, así como victorias posteriores frente a Arabia Saudita y Honduras. La final, disputada ante Estados Unidos, cerró el torneo con una nueva consagración que reforzó el dominio mexicano en Concacaf.
Con estos dos campeonatos, México sostuvo su estatus como potencia regional y aseguró continuidad al proyecto técnico. En términos institucionales, los títulos ayudaron a bajar la presión mediática y a generar una sensación de estabilidad rumbo al Mundial que se jugará en casa.
No obstante, el éxito regional también alimentó un debate recurrente: si estos triunfos reflejan un verdadero crecimiento futbolístico o si, por el contrario, confirman la brecha entre Concacaf y las principales confederaciones del mundo.
Amistosos internacionales: el talón de Aquiles del 2025
El contraste se hizo evidente en los partidos amistosos internacionales, especialmente en la segunda mitad del año. Tras la Copa Oro, la Selección Mexicana acumuló una racha de seis encuentros consecutivos sin victoria entre septiembre y noviembre, una secuencia que encendió las alarmas.
En ese periodo, México enfrentó a rivales de mayor exigencia y el saldo fue negativo: cuatro empates y dos derrotas. El equipo igualó sin goles ante Japón y Uruguay, empató 2-2 con Corea del Sur y 1-1 frente a Ecuador, pero sufrió derrotas contundentes ante Colombia (0-4) y Paraguay (1-2). Más allá de los marcadores, el funcionamiento colectivo dejó dudas, en particular en defensa y en la generación ofensiva ante bloques bien organizados.
Estos resultados reforzaron la percepción de que el Tri aún tiene dificultades para competir con selecciones de primer nivel. La experiencia de Aguirre no fue suficiente para corregir, en el corto plazo, problemas estructurales que el equipo arrastra desde procesos anteriores.
El balance final del año reflejó una Selección dominante en su confederación, pero irregular cuando sale de ese entorno. Para un equipo que será anfitrión del Mundial 2026, esa brecha representa el principal reto a resolver.
El 2025 como antesala del Mundial 2026
Con la Copa del Mundo cada vez más cerca, el 2025 quedó marcado como un año de aprendizaje. La Selección Mexicana tiene programados cinco partidos de preparación antes de su debut mundialista, ante Panamá y Bolivia en enero, Islandia en febrero, y dos pruebas de alta exigencia contra Portugal y Bélgica en marzo de 2026.
Estos encuentros serán determinantes para ajustar el planteamiento táctico, definir una base titular y recuperar confianza frente a rivales de peso. El reto para Aguirre será transformar el dominio regional en competitividad real a nivel global.
En síntesis, el 2025 dejó trofeos y certezas en Concacaf, pero también evidenció que el margen de mejora sigue siendo amplio. Con el Mundial en casa, el tiempo apremia y las dudas deberán resolverse en la cancha.
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