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    América Latina y el Caribe enfrentan récords históricos de calor, inundaciones masivas y la pérdida de su último glaciar

    La crisis climática ya no es un fenómeno lejano en América Latina y el Caribe: durante 2024, la región experimentó temperaturas récord, sequías severas, incendios forestales históricos e incluso la desaparición definitiva de un glaciar. Así lo confirmó un informe reciente de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que pinta un panorama alarmante y advierte que los gobiernos siguen reaccionando con lentitud.

    Un año de extremos climáticos históricos

    La temperatura promedio en América Latina superó en 0,90 grados Celsius la media histórica del periodo 1991-2020, lo que coloca a 2024 entre los años más cálidos jamás registrados. Buenos Aires, por ejemplo, alcanzó su temperatura más alta en un mes de marzo y registró el agosto más caluroso en 117 años.

    Pero los extremos no se limitaron al calor: en invierno, algunas zonas de Argentina como Malargüe, Tandil y la Patagonia vivieron temperaturas inusualmente bajas, las más frías en casi 90 años de mediciones.

    En términos de desastres naturales, el Estado de Río Grande del Sur, en Brasil, sufrió las peores inundaciones de su historia, afectando a más de 2,3 millones de personas y dejando al menos 183 muertos. Colombia no escapó: en la región del Orinoco, la falta de lluvias fue crítica, con precipitaciones entre un 20 % y un 60 % por debajo de la media.

    En el extremo opuesto, los incendios forestales arrasaron extensas áreas de Chile, México y Belice. Chile, particularmente, enfrentó los incendios más mortales de su historia reciente en Viña del Mar, con más de 130 fallecidos, un nivel de desastre comparable solo al terremoto de 2010.

    La naturaleza también fue víctima: Venezuela perdió su último glaciar, el Humboldt (también llamado Charles Brewer-Carías), marcando un hito trágico en la historia ambiental del país.

    ¿De qué hablamos cuando decimos «crisis climática»?

    La crisis climática es consecuencia directa de las emisiones humanas de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano. Según la OMM, no estamos presenciando simples fluctuaciones naturales, sino alteraciones profundas y rápidas que superan la capacidad de adaptación de los ecosistemas.

    Estas emisiones no solo elevan la temperatura global, sino que también provocan fenómenos extremos: olas de calor más frecuentes, tormentas más violentas, sequías prolongadas, subida del nivel del mar y acidificación oceánica, que ya está dañando ecosistemas marinos clave como los arrecifes de coral.

    Consecuencias directas sobre la vida humana

    El impacto en la vida cotidiana es tangible. Las lluvias extremas provocaron inundaciones que destruyeron viviendas, cultivos y accesos a servicios básicos. La inseguridad alimentaria aumentó en varios países debido a las sequías e incendios que arrasaron las zonas agrícolas y ganaderas.

    En México, las olas de calor fueron tan intensas que elevaron las enfermedades asociadas al estrés térmico, mientras que en el Caribe muchos lugares aún no logran recuperarse del daño que dejó el huracán María en 2017. Como advirtió Andrew Pershing, de Climate Central, los fenómenos extremos no solo dejan daños inmediatos, sino también heridas económicas, sociales y mentales que persisten durante años.

    Avances en energías renovables, pero insuficientes

    No todo el panorama es negativo. En 2024, el 69 % de la matriz energética de América Latina y el Caribe provino de fuentes renovables. Países como Costa Rica innovaron con sistemas de pronóstico eólico basados en inteligencia artificial, mientras Chile creó un atlas solar nacional y Colombia y Ecuador desarrollan servicios climáticos energéticos.

    Sin embargo, como señaló Matilde Rusticucci, investigadora del Conicet y coautora de informes del IPCC, la velocidad de adopción de medidas sigue siendo preocupantemente baja, tanto en mitigación como en adaptación.

    Prepararse o sucumbir: el reto inmediato

    Según Rodney Martínez Güingla, de la OMM, los eventos hidrometeorológicos extremos seguirán aumentando en frecuencia e intensidad. Esto requerirá cambios serios en los patrones de inversión gubernamental, especialmente en prevención, respuesta y recuperación.

    La OMM recomienda, entre otras acciones urgentes:

    • Fortalecer los sistemas de alerta temprana.

    • Desarrollar estrategias de resiliencia climática.

    • Mejorar los Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales.

    Pero no hay señales de que los gobiernos de la región estén preparados para el desafío. Con sistemas de prevención aún débiles y una conciencia pública parcial, América Latina y el Caribe seguirán siendo una de las zonas más vulnerables del mundo al cambio climático.

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