La muerte de Brian Wilson, a los 82 años, marca el cierre de una era dorada en la historia de la música popular. Más que un compositor, Wilson fue un cartógrafo del alma humana que transformó la superficie brillante del pop adolescente en una travesía profunda, íntima y a menudo melancólica. Su obra con The Beach Boys fue mucho más que surf, chicas y coches: fue el eco de un océano interior cuya vastedad aún retumba en la cultura contemporánea.
En una curiosa coincidencia, el mismo día que Pet Sounds cumplía seis meses de vida —el 16 de noviembre de 1966—, Jorge Luis Borges daba una conferencia en Buenos Aires sobre literatura inglesa y celebraba cómo Coleridge escribió su “Rima del Anciano Marinero” sin haber visto el mar. Borges hablaba del “mar de la imaginación”, y sin saberlo, bien podría haber descrito a Wilson: un artista que nunca surfeó, pero capturó como nadie la emoción de una ola rompiendo en la costa.
Desde la soleada California, Wilson soñó un país. Con apenas 20 años, y acompañado por sus hermanos Carl y Dennis, su primo Mike Love y su amigo Al Jardine, construyó un universo musical donde la juventud se mezclaba con el anhelo, el amor con la angustia, y la armonía vocal con la complejidad emocional. A Dennis, el único surfista real del grupo, le bastó una sugerencia para que su hermano mayor convirtiera el mar en música. “Tenía una orquesta en la cabeza”, recordó Elton John, fascinado por el genio de Wilson en el documental Long Promised Road.
La aparente ligereza de las primeras canciones como Surfin’ USA y Surfer Girl escondía ya la intuición de un compositor que no tardaría en llevar el pop a niveles de profundidad inesperados. En 1963, In My Room marcó ese punto de inflexión. En apenas dos minutos, Wilson encapsuló el universo emocional de un adolescente introspectivo: “Lloro y suspiro. Me río del ayer. Ahora está oscuro y estoy solo, pero no tendré miedo”. Era el anuncio de que, en la música de los Beach Boys, el sol siempre tendría una sombra.
Aislado por sus problemas de salud mental —diagnosticado con trastorno esquizoafectivo y depresión—, Wilson se retiró de los escenarios y se recluyó en el estudio. Fue allí donde llevó la producción musical a nuevas alturas, experimentando con armonías, instrumentos y estructuras que transformaron los límites del pop. El punto culminante llegó con Pet Sounds (1966), un álbum sinfónico que dejó atrás el hit fácil para internarse en temas como la pérdida, el amor incondicional y la búsqueda de sentido. La desgarradora God Only Knows es, quizá, la más sublime de sus creaciones: “Aunque la vida continuaría, créeme: el mundo no podría mostrarme nada”.
Pero el legado de Wilson no se detuvo allí. Canciones como ’Til I Die (1971) ahondaron aún más en su visión existencial. “Soy un corcho en el océano… una roca en un deslizamiento de tierra… una hoja en un día ventoso”. Wilson no cantaba sobre morir: cantaba sobre desaparecer lentamente, diluirse en lo inevitable. Sus armonías parecían flotar entre lo celestial y lo trágico, con una belleza que dolía.
Escuchar a Brian Wilson era viajar por un paisaje donde el sol brillaba tanto como el vacío que lo rodeaba. Sus canciones eran consuelo, advertencia, refugio. Eran, y son, la banda sonora del alma cuando contempla el mar: inmensa, vulnerable, infinita.
Con su muerte, no desaparece su música. Su legado continúa siendo ese mar más vasto que lo real, donde seguimos encontrando olas que nos elevan, nos golpean y nos devuelven, una y otra vez, al corazón del misterio humano.
“Para que el sueño se mantenga, la imaginación de todos debe seguir siendo más vasta que lo real.”
— Brian Wilson (inconscientemente, con cada acorde).
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