Con la muerte del papa Francisco a los 88 años, la Iglesia católica se prepara para un nuevo cónclave que tendrá lugar a principios de mayo. Serán 135 los cardenales reunidos en la Capilla Sixtina para elegir al sucesor del pontífice argentino. Entre ellos, dos mexicanos destacan entre los llamados papables: Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México, y Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara.
De resultar electo alguno de ellos, sería la primera vez que un mexicano ocuparía la silla de San Pedro… o casi. Porque, aunque poco conocida, la historia registra un insólito intento por instaurar un “papa mexicano” hace más de un siglo: un episodio de ruptura con Roma que reveló la tensión entre política, religión e identidad nacional.
El “patriarca” que desafió al Vaticano
El protagonista de este capítulo fue José Joaquín Pérez Budar, un sacerdote nacido en 1851 en Oaxaca. Soldado del Plan de Tuxtepec al lado de Porfirio Díaz, viudo prematuro y crítico del alto clero, Pérez Budar se formó en el seminario con ideas reformistas influenciadas por Martín Lutero, Juan Calvino y el obispo mexicano Eduardo Sánchez Camacho.
La oportunidad para su proyecto llegó con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia en 1924, en medio de la Guerra Cristera y la implementación de la Ley Calles, que limitaba severamente la libertad de culto. En ese contexto fundó, el 21 de febrero de 1925, la Iglesia Católica Apostólica Mexicana (ICAM), proclamando su independencia de Roma.
En un acto simbólico, junto a un pequeño grupo de seguidores, tomó el templo de La Soledad en la Ciudad de México —hoy sede del Archivo General de Notarías— y se autoproclamó patriarca primado, equivalente al papa dentro de su estructura eclesiástica, aunque evitó usar el término explícitamente.

Reformas radicales y rechazo popular
La ICAM impulsó una serie de reformas radicales: abolición del celibato, misas en español, interpretación libre de la Biblia, gratuidad de los sacramentos y obligación de que los sacerdotes tuvieran empleos seculares. Aunque conservó la veneración a la Virgen María y a los santos, se distanció completamente de la autoridad pontificia.
La reacción del pueblo católico fue inmediata y violenta. En su primer intento de celebrar misa en La Soledad, el sacerdote fue golpeado por los asistentes, salvado apenas por la policía disfrazado de civil. Hechos similares se repitieron en Puebla, Veracruz, Tabasco y Aguascalientes, donde los fieles rechazaron los templos controlados por la ICAM.
Aunque Calles negó su implicación, varios políticos de la CROM respaldaron el movimiento como un paso más hacia la “segunda independencia” nacional: romper los vínculos con el poder extranjero representado por Roma.
Exilio, ocaso y arrepentimiento
La ICAM tuvo presencia en unos 70 templos del país, aunque controló de forma efectiva apenas una docena. Su influencia comenzó a diluirse hacia 1930, cuando el gobierno mexicano inició negociaciones de paz con el Vaticano. A Pérez Budar le retiraron el control de La Soledad y lo trasladaron a Corpus Christi.
Ese mismo año emigró a San Antonio, Texas, donde intentó mantener viva su iglesia entre migrantes mexicanos. Buscó también reconocimiento de otras denominaciones independientes como la North American Old Roman Catholic Church, que lo consagró como arzobispo, sin lograr legitimidad internacional.
Enfermo y debilitado, fue internado en la Cruz Roja de la Ciudad de México en 1931. Según testimonios de sacerdotes jesuitas y del arzobispo Pascual Díaz, Pérez Budar se habría arrepentido en su lecho de muerte, pidió regresar a la Iglesia romana y recibió los últimos sacramentos. Murió el 9 de octubre de 1931.
Con su muerte, la ICAM se disolvió rápidamente. Aunque algunos seguidores intentaron mantenerla activa, nunca recuperó relevancia.
Hoy, cuando se especula con la posibilidad de que un cardenal mexicano sea elegido pontífice, el nombre de José Joaquín Pérez Budar resurge como un recuerdo incómodo y fascinante de un país que, durante un breve periodo, intentó tener su propia Iglesia y su propio “papa”.
Una historia olvidada que, en tiempos de elección y reflexión, recuerda los profundos vínculos entre fe, poder y nación.
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