más

    De planta sagrada a moneda del crimen: la transformación de la marihuana en México

    La historia de la marihuana en México es tan antigua como compleja. Su presencia en los rituales indígenas prehispánicos le otorgó un carácter sagrado, profundamente vinculado a la espiritualidad, la medicina y la cosmovisión de los pueblos originarios. Sin embargo, con el paso del tiempo y el avance de políticas prohibicionistas, la planta pasó de ser un símbolo de curación y conexión con lo divino, a convertirse en sinónimo de crimen, poder y dinero para el narcotráfico.

    Santa Rosa: la marihuana como medicina ritual

    En distintas comunidades indígenas de México, como la otomí, el uso de plantas enteógenas —aquellas con propiedades psicoactivas— ha sido central para prácticas curativas, adivinatorias y ceremoniales. Dentro de estas tradiciones destaca la Cannabis sativa, conocida por los otomíes como Santa Rosa, una planta considerada sagrada y tratada con respeto en contextos rituales.

    De acuerdo con investigaciones antropológicas, como las de Antonella Fagetti y Jorgelina Reinoso Niche, la Santa Rosa no se fuma, sino que se consume oralmente y se diferencia tanto en su morfología como en sus efectos respecto a la marihuana recreativa. Lejos de generar adicción o alienación, se le atribuyen propiedades como claridad mental, fortaleza espiritual y ayuda para la toma de decisiones.

    Este uso ancestral, sin fines comerciales ni recreativos, ha subsistido por más de un siglo en la tradición otomí. No obstante, la criminalización del cannabis ha obligado a los practicantes a movilizarse con discreción, enfrentando riesgos de extorsión o persecución al trasladar la planta para continuar sus rituales en zonas urbanas.

    De lo ritual a lo ilícito: el auge del narcotráfico

    El giro radical en la percepción de la marihuana comenzó tras la Conquista española, cuando la Iglesia católica condenó las prácticas indígenas como actos de idolatría y atribuyó los efectos de las plantas sagradas al demonio. Con la llegada del siglo XX, este estigma se institucionalizó a través de políticas prohibicionistas, en gran medida influenciadas por Estados Unidos.

    La prohibición oficial del cannabis en México se decretó en 1920, marcando el inicio del tránsito de esta planta hacia los circuitos del narcotráfico. Según estudios como los de Irving Darío Castillo Cisneros y Guillermo Valdés Castellanos, México pasó de ser una nación con usos tradicionales del cannabis, a convertirse en un productor y distribuidor clave en el mercado mundial de drogas, especialmente para el consumo en EE. UU.

    Actualmente, se estima que entre el 80 y el 90 % de la cocaína que llega al territorio estadounidense transita por México, y aunque la marihuana ha perdido protagonismo frente a drogas sintéticas, sigue siendo una fuente importante de ingresos para grupos del crimen organizado.

    La marihuana y la guerra por el control territorial

    El concepto de narcotráfico en México no se limita a la venta de drogas. Incluye una estructura de poder que abarca la producción, transporte, almacenamiento, control financiero y violencia sistemática. Las rutas del cannabis, al igual que las de otras drogas, han sido escenario de disputas sangrientas, que colocan a comunidades enteras en el fuego cruzado.

    Luis Astorga documenta que desde 1888 ya se comercializaban cigarrillos de marihuana y se importaban opiáceos desde Estados Unidos. La presión diplomática del país vecino, sumada al alza en los precios de los estupefacientes por su ilegalización, fomentó un ambiente ideal para el contrabando sin persecución en territorio mexicano. Así comenzó una industria criminal que ha derivado en décadas de violencia, corrupción y deterioro institucional.

    El futuro: ¿entre legalización y desestigmatización?

    Pese a que en años recientes se han abierto debates en México sobre la legalización del cannabis, tanto medicinal como recreativo, el país aún enfrenta una doble realidad: mientras persisten las prácticas rituales ancestrales que veneran la planta, el tráfico de marihuana continúa como una fuente de ingresos clave para el crimen organizado.

    Esta tensión entre tradición y violencia, entre espiritualidad y mercado ilegal, pone sobre la mesa la urgencia de replantear el enfoque sobre las drogas, no solo desde una óptica de seguridad, sino también desde el respeto a las culturas originarias y a los derechos humanos.

    La marihuana en México, entonces, no solo es una planta. Es símbolo de una disputa cultural, histórica, económica y política que sigue sin resolverse.

    También te puede interesar: Cinco medidas preventivas que debes tomar ante la llegada del huracán «Erick»

    Artículos relacionados