Camilo Ochoa Delgado, conocido como ‘El Alucín’, fue asesinado este 16 de agosto en Temixco, Morelos. El influencer de 42 años era seguido por más de 500 mil personas en redes sociales y se había convertido en un personaje polémico por narrar historias de narcotráfico y lanzar críticas sociales. Su nombre aparecía en volantes que acusaban a supuestos colaboradores de ‘Los Chapitos’.
La Fiscalía de Morelos confirmó que abrió una investigación para esclarecer el crimen, ocurrido en su domicilio. La muerte de Ochoa recuerda la de Gail Castro, hermano de Markitos Toys, ejecutado en marzo, lo que apunta a un patrón de ataques contra creadores de contenido ligados a la narcocultura.
El ataque en Temixco
Según los primeros informes, alrededor de las 17:00 horas un hombre armado ingresó al fraccionamiento Lomas de Cuernavaca, donde vivía Ochoa. Testigos aseguran que el agresor disparó varias veces dentro de la vivienda y huyó en un vehículo blanco. Fotografías filtradas en redes sociales muestran el cuerpo de Ochoa en el baño, con heridas en pecho, cuello y rostro.
Otra imagen exhibe una puerta de madera con al menos siete impactos de bala, lo que confirma la violencia del ataque.
La Fiscalía General de Morelos informó en un comunicado que ya activó los protocolos de investigación y que trabaja en coordinación con instituciones estatales y federales. “Se mantiene una estrecha colaboración con la Mesa de Coordinación Estatal para la Construcción de Paz y Seguridad”, señaló la dependencia sin dar mayores detalles sobre posibles móviles o responsables.
Ochoa provenía de una familia de Sinaloa ligada al fundador de la cadena El Pollo Loco, pero su historia personal se desvió hacia el crimen. En 2004 fue secuestrado en Tamaulipas por Los Zetas y su familia pagó un rescate millonario. Diez años después, en 2014, fue detenido por portación de armas de uso exclusivo del Ejército, hecho que fortaleció las sospechas sobre sus nexos con el Cártel de Sinaloa. Estuvo preso hasta 2022, cuando recuperó su libertad.
Al salir de prisión se reinventó como influencer. En sus perfiles de Instagram y YouTube mezclaba relatos de la vida criminal con mensajes críticos sobre la violencia en México. Para unos, ofrecía testimonios valiosos; para otros, glorificaba la narcocultura.
Rostro en volantes de ‘La Chapiza’
El 9 de enero, volantes en blanco y negro fueron distribuidos en Culiacán. Mostraban los rostros de presuntos colaboradores y financieros de ‘La Chapiza’. Entre ellos apareció Camilo Ochoa junto a Markitos Toys, Kevin Castro, Peso Pluma, Miguel Vivanco ‘El Jasper’ y Samuel Ibarra ‘Padrinito Toys’. Varios de esos nombres han sido asesinados en meses recientes, lo que refuerza la sospecha de que eran objetivos de grupos criminales rivales.
El asesinato de Ochoa se suma al de Gail Castro, ejecutado en marzo, y al de Miguel Vivanco, ocurrido semanas después. Estos casos confirman la vulnerabilidad de los influencers que, de manera directa o indirecta, aparecen ligados a facciones del narcotráfico.
Narcocultura y riesgo digital
La figura de ‘El Alucín’ refleja la delgada línea entre entretenimiento digital y crimen organizado. Su estilo, a medio camino entre la confesión personal y la crítica social, lo convirtió en un referente dentro de un sector del público, pero también en un blanco para las organizaciones criminales.
Su asesinato exhibe el riesgo de quienes usan las redes sociales para hablar de narcotráfico, aun cuando lo hagan desde la crítica. El reto para las autoridades será esclarecer este homicidio y responder a la creciente influencia de la narcocultura en los espacios digitales. Mientras tanto, la muerte de Ochoa deja una alerta clara: quienes cruzan esa frontera viven en permanente peligro.
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