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    El caso Epstein arrincona al príncipe Andrés: pierde su licencia de armas en Reino Unido

    El hermano del rey Carlos III enfrenta un nuevo revés institucional antes de que termine el año. El expríncipe Andrés Mountbatten-Windsor fue obligado a entregar su licencia para poseer y utilizar armas de fuego, tras una intervención directa de la Policía Metropolitana en una de sus residencias vinculadas a Windsor. La medida se suma a la larga lista de privilegios perdidos desde que su nombre quedó ligado al escándalo sexual protagonizado por el financiero estadounidense Jeffrey Epstein, un episodio que marcó el abrupto final de su vida pública y de su papel dentro de la monarquía británica.

    La información fue revelada por el medio alemán Bunté y confirmada posteriormente por autoridades policiales británicas. De acuerdo con los reportes, agentes especializados en control de armas acudieron a la Logia Real para solicitarle la entrega voluntaria tanto de los documentos como del armamento registrado a su nombre. Desde ese momento, Andrés quedó legalmente impedido para portar, usar o transportar armas por cuenta propia.

    Aunque la decisión no deriva de una condena penal ni de un proceso judicial abierto, sí responde a los estrictos criterios que rigen el sistema de licencias de armas en el Reino Unido. La normativa establece que cualquier titular debe ser considerado fiable en todo momento y no representar riesgo alguno para la seguridad pública. Ante la mínima duda, las fuerzas de seguridad están facultadas para revisar o revocar los permisos, incluso de manera preventiva.

    Un procedimiento legal con alto peso simbólico

    La Policía Metropolitana confirmó el operativo en declaraciones al Telegraph. Un portavoz detalló que el miércoles 19 de noviembre, oficiales del departamento de licencias de armas de fuego visitaron una dirección en Windsor para solicitar a un hombre de alrededor de sesenta años que entregara voluntariamente sus armas y licencias de caza. Aunque la autoridad evitó mencionar su identidad, el contexto despejó cualquier especulación.

    Desde el punto de vista jurídico, la retirada de la licencia se encuadra dentro de los procedimientos ordinarios de control. Sin embargo, en el plano político y mediático, la decisión tiene un peso simbólico considerable. Para un miembro de la realeza, incluso uno apartado formalmente de sus funciones, la pérdida de este permiso representa otro signo del aislamiento institucional que hoy rodea al expríncipe.

    En caso de que Andrés participe en actividades cinegéticas en el futuro, solo podrá hacerlo bajo la supervisión directa de otro titular de licencia, una condición habitual cuando se retira este tipo de autorizaciones. En la práctica, se trata de una restricción severa que limita su autonomía y refuerza la percepción de desconfianza oficial.

    Del escándalo Epstein al retiro forzado

    El trasfondo de esta decisión remite a uno de los episodios más dañinos para la imagen de la monarquía británica en décadas recientes. El nombre del príncipe Andrés quedó asociado de forma directa a Jeffrey Epstein, condenado por delitos sexuales y señalado por abusos contra menores de edad. La relación entre ambos fue documentada mediante fotografías, testimonios y apariciones públicas que generaron un impacto mediático global.

    Las sospechas crecieron cuando Virginia Giuffre denunció que fue abusada sexualmente por el expríncipe cuando aún era adolescente, una acusación que él negó de forma categórica. Aunque no hubo reconocimiento de culpabilidad, el caso concluyó con un acuerdo extrajudicial que tuvo consecuencias inmediatas para su estatus dentro de la Casa Real.

    A partir de entonces, Andrés perdió sus títulos militares honoríficos, fue despojado de sus patronazgos reales y se retiró por completo de la vida pública. En octubre pasado, renunció formalmente a sus títulos reales, en un intento por reducir el daño institucional a la Corona. Desde entonces, su figura permanece fuera de cualquier acto oficial.

    Una caída que parece no tocar fondo

    Durante años, Andrés Mountbatten-Windsor fue presentado como héroe de guerra y representante de la Corona en misiones diplomáticas y comerciales. Hoy, su realidad es radicalmente distinta. Aunque conserva estabilidad económica y residencia en propiedades reales, su influencia política y social es prácticamente nula.

    La retirada de la licencia de armas no altera su situación legal de fondo, pero sí refuerza la narrativa de una caída sostenida. Cada nueva decisión administrativa se convierte en un recordatorio público del descrédito que rodea su nombre y de la estrategia de distanciamiento adoptada por la monarquía.

    En un contexto donde la familia real británica busca preservar su legitimidad y credibilidad ante la opinión pública, el caso del expríncipe Andrés sigue funcionando como un ejemplo incómodo. La pérdida de su licencia de armas aparece así como otro capítulo, menor en lo legal pero contundente en lo simbólico, de una historia que continúa pesando sobre la Corona.

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