La nueva ronda de aranceles “recíprocos” anunciada por el presidente Donald Trump el pasado 2 de abril ha sacudido los mercados globales. Con un gravamen general del 10% a todas las importaciones a Estados Unidos —y hasta un 145% en el caso de productos chinos—, la medida representa un giro proteccionista con pocas comparaciones en la historia reciente. Sin embargo, los anexos y exenciones revelan una estrategia más matizada: aproximadamente 644 mil millones de dólares en importaciones fueron eximidas desde el primer día, lo que equivale a una quinta parte del comercio exterior estadounidense.
Apenas una semana después del anuncio, el gobierno sumó 20 productos más a la lista de exenciones, entre ellos bienes clave como teléfonos inteligentes y computadoras, lo que suaviza los efectos para consumidores y empresas, especialmente en sectores sensibles como la tecnología, la manufactura alimentaria y la farmacéutica.
Exenciones estratégicas: alivio con mensaje político
Aunque el mensaje público de Trump es de dureza, su administración ha establecido un extenso margen de negociación. Productos como ciertos tipos de acero y aluminio, así como insumos procedentes de socios del T-MEC —México y Canadá—, han sido excluidos de las tarifas más altas. A ello se suman nuevas investigaciones sobre cadenas de suministro de minerales críticos, productos farmacéuticos y semiconductores, lo que sugiere que el proteccionismo puede escalar, pero aún está en proceso de definición.
El propio T-MEC ha servido como escudo para muchas importaciones del norte y el sur, lo que permite que bienes fabricados parcial o totalmente en México y Canadá entren sin penalización. En paralelo, los países asiáticos como Vietnam y Camboya, originalmente afectados con tasas de hasta 46% y 49% respectivamente, verán reducida su carga tributaria real por las recientes exenciones. Por ejemplo, se calcula que las exportaciones vietnamitas enfrentarán un arancel promedio de solo 7%, debido a la exclusión de productos tecnológicos.
China, blanco prioritario de la retórica trumpista, no escapa a esta lógica. Aunque formalmente se anunció un arancel del 145% para productos chinos, las exenciones sobre teléfonos y computadoras —que representan una cuarta parte de las exportaciones chinas a EE. UU.— reducen la tasa efectiva a aproximadamente 106%. Así, el arancel promedio general sobre todas las importaciones estadounidenses se ubica actualmente en un 22%, cifra elevada pero lejos del 27% que se había anticipado en el escenario más adverso.
Opciones de las empresas: entre estrategia y evasión
Las empresas estadounidenses también encuentran mecanismos para mitigar el impacto. Si más del 20% del valor de un producto se fabrica en EE. UU., los aranceles solo se aplican sobre el contenido extranjero. Esto beneficia particularmente a industrias como la alimentaria, que representó un tercio de la manufactura nacional en 2024, así como a sectores que utilizan productos químicos básicos, caucho o silicio, muchos de los cuales ya gozan de exenciones.
Además, persisten los programas de exclusión arancelaria heredados de administraciones anteriores, que aún protegen bienes como maquinaria para alimentación animal, carne de cangrejo y motores eléctricos. Algunas compañías, incluso, recurren a métodos de evasión como la triangulación comercial, subvaloración de mercancías o incluso presiones políticas vía lobby y financiamiento electoral, en un entorno donde la cercanía con la Casa Blanca puede traducirse en alivios fiscales.
Trump ha dejado claro que estas exenciones no son necesariamente permanentes. Las investigaciones en curso sobre sectores clave como el cobre, minerales críticos o insumos médicos podrían traducirse en nuevas rondas de aranceles. No obstante, las exenciones actuales parecen también diseñadas como instrumentos de presión y negociación bilateral, dando a su gobierno una carta de poder para forzar concesiones o nuevos tratados.
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