La 97ª edición de los Premios de la Academia consagró a Anora como la gran ganadora de la noche, pero también dejó entrever el eterno romance de la industria con ciertos arquetipos cinematográficos.
La cinta de Sean Baker, que narra la historia de una stripper en Nueva York, se convirtió en un hito en la historia de los Oscar. Su director fue la primera persona en obtener cuatro estatuillas por la misma película —Mejor Película, Dirección, Guion Original y Edición— mientras que su protagonista, Mikey Madison, de 25 años, se convirtió en la novena actriz más joven en ganar el premio a Mejor Actriz.
Pese a su presupuesto modesto de 6 millones de dólares —un 3% del costo de Dune: Parte Dos— Anora logró imponerse en la gala, algo poco común para una producción independiente sin grandes nombres en su elenco.
Hollywood y su fascinación con la prostitución
Sin embargo, la victoria de Anora se suma a una larga tradición de la Academia premiando películas en las que las mujeres venden su cuerpo. En 1961, Elizabeth Taylor ganó por Butterfield 8 interpretando a una “chica de compañía”. En 1972, Jane Fonda se llevó el Oscar por Klute, donde dio vida a la prostituta Bree Daniels.
Otros nombres icónicos incluyen a Helen Hayes (El pecado de Madelon Claudet, 1931), Susan Hayward (Quiero vivir!, 1958) y Shirley Jones (Elmer Gantry, 1960). Julia Roberts en Mujer Bonita (1990) se convirtió en el epítome de la “prostituta con corazón de oro”, un cliché recurrente en Hollywood.
Lo que hace a Anora diferente es su enfoque. Baker, como en sus películas Tangerine (2015) y The Florida Project (2017), retrata el trabajo sexual como una mercancía dentro de un sistema capitalista, sin adornos ni romanticismos. La película es una exploración social cruda pero narrada con humor, drama y farsa.
Una noche de emoción y sin controversias
A diferencia de ediciones anteriores, la gala de los Oscar 2025 transcurrió sin escándalos. Conan O’Brien, aunque menos pulido que Jimmy Kimmel, cumplió con un show mordaz y entretenido. Momentos nostálgicos como la aparición de Billy Crystal y Meg Ryan, así como el segmento In Memoriam con el Réquiem de Mozart, marcaron la ceremonia.
Hubo discursos emotivos, como el de Zoe Saldaña, quien hizo historia al convertirse en la primera dominicana en ganar un Oscar por Emilia Pérez. The Brutalist se llevó premios a Mejor Actor para Adrien Brody y Mejor Fotografía, mientras que la película animada letona Flow sorprendió al imponerse sobre Pixar y DreamWorks.
Uno de los momentos más impactantes fue la victoria del documental No Other Land, una coproducción israelí-palestina que aborda la demolición de aldeas palestinas por las Fuerzas de Defensa de Israel. Yuval Abraham, codirector, aprovechó su discurso para pedir una solución política al conflicto, en lo que fue la única intervención de la noche con un fuerte mensaje social.
La ironía de Hollywood: Demi Moore y la juventud descartable
Más allá del triunfo de Anora, la verdadera ironía de la noche fue ver a Mikey Madison ganar sobre Demi Moore, quien competía con La Sustancia, una película sobre una estrella de Hollywood envejecida que intenta recuperar su juventud a toda costa.
La narrativa de La Sustancia—en la que una mujer es descartada por la industria al envejecer—contrastó de manera cruda con la victoria de Madison, quien interpreta a una stripper, precisamente el tipo de rol por el que tantas actrices jóvenes han sido premiadas antes que ella.
Hollywood aplaude la sangre y el sacrificio en pantalla, pero en la realidad, la industria sigue aplicando una violencia silenciosa, en la que la juventud es celebrada y la madurez es ignorada.
Así fue la 97ª edición de los Oscar: una noche de triunfos, pero también de contradicciones, donde el brillo de los premios dorados no alcanza a opacar del todo las sombras de una industria que, aunque cambie, sigue siendo la misma en su esencia.
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