En medio de una creciente presión internacional por contener el poderío de los cárteles mexicanos, Estados Unidos ha activado una nueva fase de colaboración bilateral: entrenamientos encubiertos, diseño de células de inteligencia táctica y despliegue de capacidades militares aplicadas a contextos urbanos. No es una guerra declarada, pero sí una intervención quiramente calculada.
El FBI, el Departamento de Defensa y el Comando Sur de EE. UU. (SOUTHCOM) han puesto en marcha un programa inédito para formar grupos mexicanos de élite con la capacidad de infiltrar y desmantelar redes criminales como las del Cártel de Sinaloa y el CJNG. ¿El objetivo? Destruir la cadena operativa desde adentro, antes de que llegue a las calles o a las aduanas.
Inteligencia encubierta, guerra financiera y operaciones de campo: la fórmula estadounidense que aterriza en México
Los entrenamientos, a cargo de la unidad TOC-Oeste del FBI y los Boinas Verdes del Ejército estadounidense, combinan vigilancia encubierta, extracción de datos forenses, análisis de redes financieras y combate cercano. No es solo una capacitación: es una transferencia directa de doctrina militar y táctica de guerra urbana a policías y agentes mexicanos que serán la primera línea en un conflicto cada vez más sofisticado.
En la práctica, estos agentes aprenden a identificar operadores clave: líderes, lavadores, jefes de sicarios, distribuidores de fentanilo y facilitadores financieros. También reciben entrenamiento en atención médica bajo fuego, decisiones tácticas bajo presión y combate cuerpo a cuerpo. El paquete completo para enfrentar escenarios extremos.
Más allá del terreno, el mensaje político es claro: EE. UU. ya no esperará a que México «controle» el narco. Está invirtiendo, armando y capacitando a sus propios socios locales para combatir a las organizaciones designadas como terroristas por el gobierno de Donald Trump.
La presencia de al menos dos equipos verificados en México —y la intención de expandir esa red— sugiere que Washington ya considera al país como un nodo estratégico en la lucha contra el crimen organizado transnacional. Una lucha que ya no se libra únicamente en el desierto, sino también en las bases de datos, las estructuras financieras y, cada vez más, en las instituciones.
Silencio oficial, impacto real: ¿hasta dónde llega la intervención encubierta?
Pese al hermetismo de ambos gobiernos, analistas de seguridad consultados por medios independientes afirman que la presencia de escuadrones estadounidenses responde a una estrategia de “disuasión preventiva”. Es decir, evitar que los cárteles, especialmente el de Sinaloa y el CJNG, expandan sus redes hacia infraestructura crítica o activos estratégicos, como puertos, refinerías o corredores ferroviarios binacionales.
Lo que preocupa a sectores académicos y organizaciones de derechos humanos es que esta cooperación no esté sujeta a mecanismos públicos de control. “No hay transparencia en las reglas de enfrentamiento, ni claridad sobre cómo se protege a civiles mexicanos ante posibles abusos”, señaló un exfuncionario del CIDE. El riesgo de que la ‘ayuda’ estadounidense termine convirtiéndose en ocupación táctica no es menor.
Algunos indicios sugieren que los operativos no solo se limitan a asesoría o inteligencia. Hay reportes —aún no confirmados oficialmente— sobre vigilancia aérea desde drones armados operados por contratistas estadounidenses, así como rastreos térmicos de convoyes sospechosos en estados como Sonora, Michoacán y Guerrero, sin intervención directa de fuerzas mexicanas.
También te puede interesar: Embajada de EE. UU. advierte a ciudadanos sobre riesgos legales en marcha contra gentrificación en CDMX




