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    El narco que rompió esquemas: Pacho Herrera, el capo que confesó abiertamente su homosexualidad

    En el violento y hermético mundo del narcotráfico, donde la imagen del macho dominante y heteronormado ha sido históricamente un pilar cultural, la figura de Hélmer Francisco “Pacho” Herrera Buitrago se erige como una excepción disruptiva. Miembro clave del Cártel de Cali y uno de los pocos capos en la historia del crimen organizado en América Latina que reconoció abiertamente su homosexualidad, Pacho Herrera desafió las reglas no escritas de una cultura atravesada por el machismo y la homofobia.

    A diferencia de sus contemporáneos, Herrera jamás ocultó su orientación sexual. Lo hizo en una época —las décadas de 1980 y 1990— marcada por la exclusión, el estigma y la violencia hacia la diversidad sexual, particularmente en ambientes como el narcotráfico, donde lo «femenino» era sinónimo de debilidad.

    Según documenta el periodista José Guarnizo en su libro La Patrona de Pablo Escobar, Herrera era «uno de los pocos homosexuales que ascendió en la pirámide de la mafia». Su elegancia, discreción y refinamiento lo distinguían del resto, generando respeto pero también rumores entre sus aliados y enemigos.

    El poder detrás del Cártel de Cali

    Más allá de su vida privada, Herrera fue una figura fundamental en el engranaje del narcotráfico colombiano. Fue el cerebro financiero y logístico del Cártel de Cali, organización que logró rivalizar —y en ciertos momentos superar— al Cártel de Medellín de Pablo Escobar en capacidad operativa y proyección internacional.

    Durante más de una década, Herrera fue el hombre de confianza de los hermanos Rodríguez Orejuela, encargándose de la logística y distribución de cocaína en Estados Unidos, especialmente en ciudades como Nueva York. Su capacidad para operar desde las sombras, alejado del espectáculo narco de Escobar, le permitió ascender sin exponerse de la misma manera que otros capos.

    Además, forjó alianzas estratégicas con líderes del narcotráfico mexicano como Miguel Ángel Félix Gallardo y Amado Carrillo Fuentes, conocido como El Señor de los Cielos. A pesar de los códigos homofóbicos del crimen organizado, estos líderes lo aceptaban como interlocutor válido y respetaban su capacidad de negociación.

    De la cárcel al asesinato

    La presión policial, los enfrentamientos entre cárteles y la persecución internacional lo llevaron a entregarse voluntariamente a las autoridades colombianas el 1 de septiembre de 1996. Fue juzgado por narcotráfico, lavado de dinero y enriquecimiento ilícito, y enviado a la cárcel de Palmira, donde mantuvo su influencia.

    Pero su historia terminaría de forma trágica. El 5 de noviembre de 1998, mientras presenciaba un partido de fútbol en el penal, fue asesinado por un abogado que ingresó como visitante. Las investigaciones concluyeron que el crimen fue ordenado por el Cártel del Norte del Valle, que buscaba eliminar a uno de los últimos referentes del Cártel de Cali.

    Narcocultura y disidencia

    El caso de Pacho Herrera rompe con los estereotipos más duros de la narcocultura, una narrativa cultural donde impera el machismo, la violencia, la hipermasculinidad y la exclusión de todo lo que se perciba como “débil” o “femenino”. Como lo analiza el antropólogo Guillermo Núñez Noriega, estos grupos reproducen discursos profundamente homofóbicos que refuerzan un orden de género violento y excluyente.

    Sin embargo, figuras como Herrera demuestran que incluso en los entornos más adversos pueden surgir experiencias de resistencia y contradicción. Su historia no solo revela los mecanismos del narcotráfico, sino también las fracturas internas de un sistema que aparenta ser monolítico.

    Hoy, el nombre de Pacho Herrera sigue siendo parte de la historia del narcotráfico, pero también de la disidencia dentro del crimen organizado. Su vida expone una pregunta urgente: ¿puede existir diversidad sexual en uno de los entornos más machistas del mundo? La respuesta, por incómoda que sea para algunos, ya fue escrita por él mismo.

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