El cónclave en juego: ¿avanzará la Iglesia hacia la sinodalidad o volverá al modelo jerárquico?

Con 133 cardenales reunidos en Roma, el próximo cónclave no solo definirá al sucesor del papa Francisco, sino también el futuro de su ambiciosa reforma. Por primera vez, casi la mitad de los electores comparten una experiencia inédita: su participación directa en el Sínodo sobre la Sinodalidad, un proceso que ha marcado profundamente a la Iglesia en los últimos tres años.

El Sínodo, en la tradición católica, es una asamblea de obispos —convocada por el Papa— que debate cuestiones clave para la vida de la Iglesia. Aunque no posee autoridad para dictar normas vinculantes, sus conclusiones pueden influir decisivamente en el magisterio y en la orientación pastoral. En el caso del proceso iniciado por Francisco en 2021, su objetivo fue reimaginar la Iglesia como una comunidad más participativa y corresponsable, en la que la escucha mutua, la comunión y la misión sean compartidas.

Durante dos meses de trabajo intenso en 2024, los cardenales debatieron cinco días a la semana, siete horas diarias. Reflexionaron sobre cómo compartir la responsabilidad eclesial entre obispos, clérigos y laicos. El resultado fue un documento que propone mayor colaboración dentro de la estructura eclesiástica y una Iglesia menos vertical. Francisco lo firmó como enseñanza magisterial, aunque sin convertirlo en norma obligatoria.

Divisiones internas y generaciones enfrentadas

Esta experiencia sinodal, lejos de generar consenso, expuso las profundas diferencias internas en el Colegio Cardenalicio. Algunos purpurados abrazan la sinodalidad como un paso necesario para renovar la Iglesia; otros, en cambio, la ven con recelo, temiendo que debilite la autoridad episcopal y el modelo jerárquico tradicional.

El cardenal Joseph Zen, de 93 años, ha sido una de las voces más críticas. Desde Hong Kong, alertó sobre una posible deriva hacia el relativismo doctrinal. En contraste, cardenales como Stephen Chow (65 años) y Baldassare Reina (54 años) defienden el proceso como una expresión madura de colegialidad y corresponsabilidad.

Las edades también importan. Los cardenales más jóvenes —aquellos que crecieron en un mundo globalizado y han vivido los desafíos de la secularización— tienden a apoyar la visión sinodal de Francisco. Con la salida progresiva de los cardenales mayores de 80 años, que no pueden votar, se abre paso una nueva generación con ideas distintas sobre el rumbo institucional.

Los expertos señalan que este cónclave será el más internacional de la historia, con representantes de 71 países. Además, según America The Jesuit Review, 61 de los 133 cardenales votantes formaron parte del Sínodo. Aunque no actúan como un bloque homogéneo, su convivencia ha estrechado vínculos y podría influir en el proceso electoral.

¿Un referéndum sobre Francisco?

El cónclave ha sido descrito como una suerte de referéndum sobre la reforma de Francisco. Aunque no se ha definido una candidatura única que represente a cada corriente, la pugna de visiones sobre la sinodalidad será clave para entender quién resulta elegido.

Colleen Dulle, editora en America y especialista en el Vaticano, apunta que el futuro del proceso sinodal depende de quién emerja como próximo Papa. Si gana un candidato afín a la reforma, esta podría consolidarse. Si, por el contrario, es elegido alguien escéptico, el modelo participativo corre el riesgo de diluirse.

Otra diferencia con sínodos anteriores es que, en los encuentros previos al cónclave, los cardenales no contaron con espacios informales para conversar. Las intervenciones fueron formales, limitando el intercambio personal. Aun así, la experiencia previa del Sínodo podría compensar esa falta de diálogo espontáneo y favorecer alianzas menos evidentes.

Lo cierto es que el impacto de la sinodalidad en este cónclave sigue siendo incierto. Pero es indiscutible que el proceso ha dejado huella: tanto por los temas que ha puesto sobre la mesa como por la forma en que ha hecho convivir, debatir y conocerse a los protagonistas de la elección. El próximo Papa deberá decidir si sigue ese camino o marca una ruptura.

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