Del Monte Foods, histórica empresa de alimentos enlatados, se declaró en bancarrota tras enfrentar una deuda millonaria y una mala gestión de inventarios generada por la pandemia de COVID-19. El auge inicial de ventas durante la emergencia sanitaria terminó convirtiéndose en una trampa que la firma no logró sortear.
Una demanda inesperada que desató el caos
Durante los meses más duros de la pandemia, Del Monte experimentó un repunte en la demanda de sus productos: frutas, verduras y caldos enlatados se volvieron bienes esenciales en millones de hogares. Sin embargo, la empresa sobreestimó la continuidad de ese ritmo de consumo y aumentó su producción e inventarios de forma desproporcionada.
Cuando el mercado se estabilizó, el exceso de stock acumulado se transformó en una carga operativa. Los costos de almacenamiento se dispararon, las ventas bajaron y el capital quedó inmovilizado. El golpe fue directo al flujo de caja de la compañía.
A esta mala decisión se sumaron factores macroeconómicos adversos: el aumento sostenido de las tasas de interés en Estados Unidos encareció el financiamiento de empresas altamente endeudadas. Para Del Monte, el efecto fue devastador.
La compañía con sede en California terminó acumulando más de 1,230 millones de dólares en deuda a largo plazo. En paralelo, sus gastos casi se duplicaron: pasaron de 66 millones de dólares en 2020 a 125 millones en el año fiscal 2025.
Del Monte opta por la bancarrota y la reorganización
En respuesta a esta situación insostenible, la empresa se acogió voluntariamente al Capítulo 11 de la Ley de Quiebras de EE. UU., que permite una reestructuración bajo supervisión judicial. En su comunicado, Del Monte informó que alcanzó un acuerdo con acreedores para vender parcial o totalmente sus activos y lograr una recuperación financiera ordenada.
“Tras evaluar todas las opciones, determinamos que este proceso es la forma más eficaz de acelerar nuestra recuperación y construir un Del Monte Foods más sólido”, declaró su director ejecutivo, Greg Longstreet.
Fundada a finales del siglo XIX, Del Monte creció hasta convertirse en uno de los gigantes de la industria alimentaria de Norteamérica. Fue pionera en conservas de frutas, verduras y caldos, e innovó con envases más seguros para extender la vida útil de sus productos.
Hoy cuenta con más de 2,700 empleados y sigue siendo un nombre reconocido en los supermercados, pero su modelo de negocio no logró adaptarse a las nuevas condiciones del mercado. Los cambios en los hábitos de consumo, sumados a los errores internos y al entorno económico, terminaron por debilitarla.
Confían en un regreso, pero sin garantías
Aunque los directivos aseguran que la reestructuración le permitirá regresar como una empresa más eficiente, la magnitud de la crisis pone en duda su viabilidad a mediano plazo. Del Monte ha conseguido 910 millones de dólares en financiamiento como deudor en posesión, lo que le da margen para operar mientras se decide su futuro.
La bancarrota no es definitiva, pero sí revela una lección clara: incluso los gigantes históricos pueden desplomarse cuando sus decisiones no se ajustan al pulso del mercado.
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