El Kremlin ha intensificado su guerra aérea en Ucrania con una táctica renovada y devastadora: ataques masivos y concentrados con enjambres de drones Shahed, de diseño iraní, que saturan las defensas ucranianas y golpean zonas civiles. En las últimas semanas, Moscú ha lanzado hasta 479 misiles y drones en una sola noche, una cifra sin precedentes desde el inicio de la invasión.
La nueva estrategia rusa se basa en dos factores clave: volumen y altitud. La producción interna de drones se ha disparado, lo que permite al ejército ruso desplegar cientos de aparatos por noche, muchos de ellos señuelos modificados para confundir los sistemas defensivos ucranianos. Al volar a mayores alturas, estos drones se mantienen fuera del alcance de ametralladoras ligeras, obligando a Ucrania a utilizar costosos misiles antiaéreos para derribarlos.
La saturación como arma
Siete de los mayores ataques con drones desde el inicio del conflicto han ocurrido en el último mes. Las ciudades de Kyiv, Odesa y Járkov han sido las principales víctimas. En Kyiv, la situación se ha vuelto tan cotidiana que familias enteras, como la de Olexander Reshetnik, un niño de apenas cuatro años, se preparan para dormir en refugios subterráneos antes de que las sirenas suenen.
“Últimamente, los drones vuelan como enjambres que no paran durante tres o cuatro horas”, contó su madre a medios internacionales. En cada ataque, los rusos combinan drones reales con señuelos indetectables, obligando a las defensas ucranianas a reaccionar a ciegas. Cada dron derribado representa un misil menos para otras amenazas.
Christina Harward, analista del Instituto para el Estudio de la Guerra, estima que Rusia produce ahora unos 2.700 drones Shahed al mes y cerca de 2.500 señuelos. Esta sobreproducción ha creado una nueva realidad táctica: los ataques ya no buscan solo impacto físico, sino también colapsar psicológicamente a la población y desgastar logísticamente a Ucrania.
El frente no se mueve, pero el cielo sí
Pese a la magnitud de los ataques, la línea del frente terrestre se ha mantenido relativamente estable desde noviembre de 2023, cuando Ucrania recuperó Jersón. En los últimos meses, Rusia ha ganado apenas unos 5.000 kilómetros cuadrados de terreno, sin tomar ninguna ciudad clave. La ofensiva aérea, sin embargo, permite a Moscú proyectar poder sin exponer grandes contingentes de tropas.
Oleksiy Melnyk, exfuncionario del Ministerio de Defensa de Ucrania, señala que los ataques están ahora dirigidos con mayor precisión: “En lugar de dispersarse, concentran el fuego en ciudades específicas. Así logran un efecto tanto cinético como psicológico”. Este patrón explica por qué los ataques no solo destruyen infraestructura, sino que también buscan erosionar la moral civil.
Yuriy Chumak, juez del Tribunal Supremo de día y cazador de drones de noche, confirma que el combate ha cambiado. Antes podían derribar drones a baja altura. Ahora, los Shahed vuelan a entre 2 y 5 kilómetros, volviéndose inalcanzables para armas ligeras. “Podemos verlos, los radares los rastrean, pero es imposible derribarlos sin misiles”, afirmó.
Ucrania se adapta, pero con menos recursos
A pesar de las limitaciones, las defensas aéreas ucranianas aún logran interceptar cerca del 80 % de los drones, aunque hace meses la tasa era del 95 %. La diferencia refleja el aumento de volumen y complejidad en los ataques. La escasez de misiles agrava la situación y obliga a Ucrania a improvisar.
El presidente Volodymyr Zelensky reconoció públicamente la labor de las fuerzas de defensa y de los voluntarios. Confirmó que Kyiv ya emplea interceptores-dron para contrarrestar los bombardeos a gran altitud. “Tenemos la tecnología. El problema es cuándo podremos expandirla”, dijo.
Según Zelensky, Rusia produce entre 300 y 350 drones diarios, mientras que Ucrania solo alcanza los 100. “Ya no es un problema de capacidad, sino financiero”, subrayó.
Las cifras humanas son cada vez más alarmantes. En apenas un mes, 154 civiles ucranianos, incluidos niños, han muerto por drones, misiles y artillería rusa. Otros 900 han resultado heridos, en una ofensiva que Moscú insiste en presentar como “militar”, aunque los hechos en terreno contradicen esa narrativa.
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