Las lluvias decidirán si el chicle maya alcanza hasta 60 toneladas esta temporada

Cuatro de las ocho cooperativas chicleras de Felipe Carrillo Puerto ya iniciaron actividades y esperan que las lluvias impulsen la producción durante los próximos seis meses.

La temporada chiclera 2026-2027 comenzó en la zona maya de Quintana Roo con una meta que prácticamente duplica la producción obtenida durante el ciclo anterior. Las cooperativas esperan alcanzar entre 50 y 60 toneladas de chicle, aunque el resultado dependerá de un factor que no pueden controlar: las lluvias.

Cuatro de las ocho cooperativas que participan en esta actividad comenzaron labores esta semana. Sin embargo, el resto se incorporará conforme avance la preparación de los equipos y mejoren las condiciones climáticas.

El aprovechamiento del chicozapote continúa siendo una fuente de ingresos para familias rurales de Felipe Carrillo Puerto. Además, mantiene una práctica productiva vinculada con el conocimiento tradicional de las comunidades mayas y con el manejo del bosque.

La temporada representa, por ello, un doble reto. Por una parte, los productores buscan responder a la demanda del mercado. Por otra, necesitan que las condiciones naturales permitan obtener suficiente látex de los árboles.

El inicio de la temporada depende de las lluvias

Fausto Aké Cauich, presidente del comité directivo de las cooperativas chicleras, informó que los preparativos comenzaron desde el mes pasado con los representantes de las organizaciones.

Entre las comunidades que ya iniciaron actividades se encuentran Petcacab, Noh Bec, Dzula y Yoactún. También participan poblaciones como Laguna K’ana y Xyatil.

La organización de la temporada implica reunir herramientas, equipos y suministros para los trabajadores que ingresarán a la selva. Por ello, durante las próximas semanas las cooperativas concentrarán esfuerzos en completar el avituallamiento.

Manuel Aldrete, director de las cooperativas chicleras, explicó que el calendario de aprovechamiento ha cambiado debido a las condiciones climáticas.

En años anteriores, los trabajos comenzaban desde mayo. Ahora, el arranque se desplazó hasta finales de agosto debido a la falta de lluvias suficientes.

“Antes empezábamos en el mes de mayo. Ahorita estamos terminando el mes de agosto y no tenemos lluvias”, explicó.

El representante señaló que primero necesitan que se establezcan las precipitaciones para garantizar una producción suficiente. En consecuencia, el clima se convierte en el principal factor para definir el ritmo de la temporada.

La expectativa es que hacia finales de septiembre las ocho cooperativas estén trabajando de manera activa.

Quieren pasar de 30 a 60 toneladas

Durante la temporada anterior, la producción alcanzó alrededor de 30 toneladas de chicle. Para el nuevo ciclo, las cooperativas proyectan entre 50 y 60 toneladas.

El objetivo implica un aumento considerable y coloca a las lluvias como un elemento determinante para cumplir la meta.

Aldrete explicó que los productores también observan señales de una recuperación en la demanda internacional del producto. De acuerdo con su declaración, existe interés principalmente en mercados de Europa y Asia.

Sin embargo, la posibilidad de aprovechar esa demanda estará condicionada por la producción disponible. Si las precipitaciones son insuficientes, el rendimiento de los árboles podría limitar el volumen de chicle que las cooperativas logren colocar.

“Lo que vamos a hacer en estos próximos 15 días es encargarnos del avituallamiento de los chicleros”, explicó el representante.

Además, las cooperativas deberán asegurar herramientas y accesorios antes de ampliar las labores en la selva. Por ahora, esa preparación avanza mientras los trabajadores esperan mejores condiciones.

El panorama climático añade incertidumbre a una temporada que parte de una meta ambiciosa. Aldrete señaló que existen pronósticos relacionados con un periodo de sequía, por lo que los productores deberán adaptarse a las condiciones que se presenten.

El chicozapote mantiene una actividad ligada al bosque

El trabajo chiclero no se limita a la producción de una materia prima. Para las comunidades que participan, el aprovechamiento del chicozapote forma parte de una actividad rural transmitida durante generaciones.

La extracción del látex requiere ingresar a zonas de selva y aprovechar los árboles sin convertirlos en madera. Esa característica permite que el recurso permanezca vinculado con una forma de aprovechamiento forestal distinta a la tala.

Asimismo, la actividad representa una fuente de ingresos para familias de comunidades mayas que mantienen esta práctica como alternativa económica.

La referencia a Yuum Chak, deidad maya relacionada con la lluvia, refleja además la importancia que las precipitaciones tienen para los productores. La temporada no depende únicamente de la organización de las cooperativas, sino también de un ciclo natural que marca la disponibilidad del recurso.

Por ahora, las cuatro organizaciones que ya comenzaron actividades avanzan con sus preparativos. Las restantes esperan incorporarse durante las próximas semanas.

El objetivo está definido: superar las 30 toneladas del ciclo anterior y acercarse a una producción de hasta 60 toneladas. Sin embargo, antes de saber si esa meta será posible, los chicleros deberán esperar que llegue la lluvia.

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